El 14 de mayo de 1980, Juan Gelman, poeta, intelectual, de una familia judía que como la mía emigró a la Argentina de Ucrania después de la derrota de la Revolución de 1905, teniente en los Montoneros, Juan Gelman está en Roma. La organización lo había enviado allí en abril de 1975 para pedir ayuda, buscar aliados, hacer que el mundo supiera lo que él iba a saber.
A partir del golpe de estado militar del 24 de marzo de 1976, la sede en Roma se convierte en casa en el exilio. Cinco meses después, asaltan, se llevan, torturan y desaparecen para siempre jamás a su hijo, su hija y su nuera, que en prisión dio a luz a Macarena, a quien robaron los militares. En marzo de 2000 se confirmó su identidad en Uruguay y se reunió con su abuelo. María Macarena Gelman García Iruretagoyena, fue la nieta número 61 restituida por Abuelas de Plaza de Mayo.
En ese día de 1980 entonces, Juan Gelman publica 26 fragmentos de prosa poética en un libro, “Bajo la lluvia ajena” con el subtítulo de “Notas al pie de una derrota” e ilustraciones alusivas por Carlos Alonso, a quien le mataron una hija.
XVI
“No debiera arrancarse a la gente de su tierra o país,
no a la fuerza.
La gente queda dolorida, la tierra queda dolorida.
Nacemos y nos cortan el cordón umbilical. Nos destierran
y nadie nos corta la memoria, la lengua, los calores. Tenemos que
aprender a vivir como el clavel del aire, propiamente del aire.
Soy una planta monstruosa. Mis raíces están a miles de
kilómetros de mí y no nos ata un tallo, nos separan dos mares
y un océano. El sol me mira cuando ellas respiran en la noche,
duelen de noche bajo el sol”.
III
Yo no me voy a avergonzar de mis tristezas, mis nostalgias. Extraño la callecita donde mataron a mi perro, y yo lloré junto a su muerte, y estoy pegado al empedrado con sangre donde mi perro se murió, existo todavía a partir de eso, existo de eso, soy eso, a nadie pediré permiso para tener nostalgia de eso.
¿Acaso soy otra cosa? Vinieron dictaduras militares, gobiernos civiles y nuevas dictaduras militares, me quitaron los libros, el pan, el hijo, desesperaron a mi madre, me echaron del país, asesinaron a mis hermanitos, a mis compañeros los torturaron, deshicieron, los rompieron. Ninguno me sacó de la calle donde estoy llorando al lado de mi perro. ¿Qué dictadura militar podría hacerlo? ¿Y qué militar hijo de puta me sacará del gran amor de esos crepúsculos de mayo, donde la ave ser se balancea ante la noche? No era perfecto mi país antes del golpe militar. Pero era mi estar, las veces que temblé contra los muros del amor, las veces que fui niño, perro, hombre, las veces que quise, me quisieron. Ningún general le va a sacar nada de eso al país, a la tierrita que regué con amor, poco o mucho, tierra que extraño y que me extraña, tierra que nada militar podrá enturbiarme o enturbiar. Es justo que la extrañe. Porque siempre nos quisimos así: ella pidiendo más de mí, yo de ella, dolidos ambos del dolor que el uno al otro hacía, y fuertes del amor que nos tenemos.
Te amo, patria, y me amás. En ese amor quemamos imperfecciones, vidas.
Y otro:
VI
Del espesor de la experiencia. Hay discursos que rozan determinado espesor, parecen expresarlo, pero un despegue, una distancia, una nota no falsa pero distraída los distingue. La ajenidad de esos discursos—cualquiera sea su universal aceptación—certifica de nuevo esta perra soledad.
¿Será la soledad, que no tiene discursos? ¿Perra que ladra a la luna, sorda de su derrota, satélite o muertita?
¿En qué lengua podría hablar la soledad? El que perdió sus hijos, su másvida, ¿qué piedras escupiera por la boca? ¿Y quién las iba a recoger como señal de amor, o a entender, aceptar, recibir, aunque sea sentir en la ventana?
La soledad de la palabra. La lluvia barre los países del alma. Una palabra va por el camino, aterida, temblando, no sabe adónde. Sólo sabe de dónde: tanta sangre camina ahora bajo la lluvia nueva, limpia, fresca, ignorante.
Y otro:
XXII
La luna cae como muerta en la terraza. Anímese, lunita. No todas las noches van a ser como ésta, como arrugada de aburrida.
Te recuerdo una noche que me mirabas, alta. Observaste toda la operación sin decir una sola palabra. A mí me pareció que estabas muy de acuerdo. Luna de Sardis, luna del Dock Sur.
Safo te amó, como es natural. Dijo que tenías rosados dedos. Yo amo tus pies, que no se cansan de pisar esta derrota, de macerarla noche a noche.
30-05-1980
En 1988 Gelman se fue a vivir a México, donde murió en 2014. Vivió 83 años.
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